Probando la nobleza de Juan de Villela y Olabarrieta.

El 19 de septiembre de 1618 llegaron a la villa de Mungia dos hombres procedentes de la Corte madrileña, un noble y un clérigo, ambos pertenecientes a la Orden de Santiago. Ellos eran don Francisco de Vargas Zapata y el licenciado Geronimo Alfonso de la Torre, y habían sido encomendados 15 días antes a realizar una ynformaçion” sobre la nobleza y limpieza de sangre de Juan de Villela y Olabarrieta, natural de la villa, que había pedido la concesión del hábito de Santiago, esto es, ser admitido como miembro de unas órdenes militares que se habían convertido en un selecto grupo nobiliario, sinónimo de rancio abolengo y limpieza de sangre. Este proceso, incluyendo los testimonios de 33 interrogados y la copia de algunos documentos, nos ha llegado a través de la prueba para la concesión del hábito conservada en el Archivo Histórico Nacional, en la sección de Órdenes Militares, a la que se puede acceder a través del portal Pares. Es sin duda un testimonio que nos podría servir para analizar un sinfín de aspectos de la sociedad de la época, y que personalmente me ha tocado trabajar por razones académicas, pero aquí intentaré dar solamente unas pequeñas explicaciones, las que en mayor medida incumban a nuestro pueblo.

Y es que el documento nos enseña desde aspectos tan amplios como el ideal nobiliario de la época, esto es, qué requisitos debía cumplir cualquier noble que se preciase, hasta datos tan concretos como los nombres de los escribanos reales de Mungia. Y como no, nos da pistas también sobre la vida de Juan de Villela y Olabarrieta, sin duda uno de los mungiarras que más importancia ha tenido nunca en el gobierno de la Monarquía Hispánica.

Para acercarnos un poco al personaje, que espero poder tratar más detenidamente en futuras entradas, diré que, siguiendo a los testimonios recogidos en esta prueba, nació en Arrigorriaga el 13 de marzo  de 1563, pero es considerado natural de Mungia, pues aquí es donde se crió. Su padre fue Pedro de Villela, XV señor de Villela, residente donde hoy en día se alza Torrebillela; que lo tuvo con Ana de Olabarrieta, natural de Arrigorriaga, siendo ambos solteros. Por lo tanto, Juan de Villela no era hijo legítimo, sino natural, siendo esto una gran dificultad para ser reconocido noble, pero que no lo hizo imposible. Eso sí, le inhabilitó para heredar el mayorazgo, que quedaría en manos de su hermanastro Pedro de Villela y Morga, y por lo tanto desde joven se le dirigió al estudio del derecho, primero en Oñate y después en Salamanca, recorrido bastante habitual entre los hijos naturales y segundones vascos. Eso le posibilitó una carrera como letrado en la Corte, que le hizo ascender hasta formar parte del Consejo de Indias, no sin antes haber prestado servicios a la Corona en América. Esto es lo que podemos saber a través de la fuente consultada, pero por otros medio podemos conocer con gran detalle su meteórica carrera, que analizaremos en otra ocasión.

Es por tanto sobre este personaje sobre quien preguntaron a 13 testigos de Mungia, seleccionado entre los más ancianos y notables del lugar, los que a fin de cuentas guardaban la memoria oral de la colectividad. Entre estos testigos, encontramos apellidos que siguen siendo habituales en nuestro entorno: Elordui, Ateca, Llona, Landecho, Iturribalzaga, Abio, Vasoçabal, Elgueçabal… Pero para contrastar estos testimonios, también recurrieron a escritos que guardaban los escribanos reales de la villa, Juan de Ateca y Lucas de Meñaca, guardianes de la memoria escrita: testamentos, escrituras, contratos… Las pesquisas continuaron en las anteiglesias de Gatika, cuna de su abuela paterna, y Arrigorriaga, origen de su familia materna, pero fue sin duda en Mungia donde mayor profundidad tomó por ser aquí donde, según muchos testigos, “como si fuera legítimo, se le vio criar en casa de su padre, Don Pedro de Villela,  alimentarle y darle estudios”. Y eso fue “publico y notorio, que en esta tierra todo se alcança y se save por ser corta.” (sin duda, hay aspectos en los que Mungia no ha cambiado mucho).

Por si a alguien le quedaba la menor duda, Juan de Villela y Olabarrieta fue considerado apto para ser otorgado el hábito de la Orden de Santiago, o sea, para ser reconocido parte de la crème de la crème de la sociedad de la época, a pesar de la ilegitimidad de su nacimiento. Y es así como este mungiarra dio un paso más hacia el encumbramiento social que tan deseado era en una sociedad tan estanca como la del Antiguo Régimen.

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