“Temiéndome de la muerte…” Actitudes ante la muerte II

En la entrada anterior, presentamos a cuatro mujeres mungiarras que testaron entre los años 1515 y 1520. Una vez conocidas las protagonistas, toca ahora centrarse en la actitud que toman ante la muerte, dejando otro tipo de análisis (socioeconómicos, familiares etc) para ocasiones futuras. En realidad, el esquema al que responde esta mentalidad es el que hasta la saciedad se repetirá en la Edad Moderna peninsular, y del que es heredero el pensamiento tradicional vigente hasta hace bien poco, del que aún conservamos vestigios.

Al comienzo, todas ellas mencionan estar enfermas o dolientes de cuerpo, dos de ellas incluso en la cama, pero sin embargo sanas de “juicio natural”. Esto último era sin duda un requerimiento jurídico para la validez del testamento, pero la mención a la enfermedad nos refleja otra realidad: la enfermedad era el preludio de la muerte, y por ello el periodo de convalecencia era el momento de redacción de muchos testamentos, al notar próxima la llegada de la hora final. Estas cuatro mujeres no testaron hasta no ver inminente su muerte, y esto ocurrió cuando cayeron enfermas, ante las escasas expectativas de curación.

Justamente a continuación todas ellas mencionan, mediante fórmulas más o menos establecidas, su fiel creencia en la Santísima Trinidad y la confianza en que la Virgen María y los santos y santas de la corte celestial intercedan por ellos ante Jesucristo para el perdón de sus pecados o para que la lleve “a su santa gloria del paraíso”. Por tanto, tras este tipo de fórmulas, vemos el temor a la muerte como momento de tránsito hacia un más allá donde un Jesucristo justiciero puede castigarles por los hechos cometidos durante la vida. Para evitar a toda costa ese fatal designio, acuden al auxilio de una Virgen María a la que aún hoy se dirigen los devotos pidiendo “reza por nosotros pecadores ahora y en la hora de nuestra muerte”. Tampoco se olvidan de unos santos y unas santas que actúan como abogados de los difuntos y propiciadores de su salvación. Es quizás por eso que las difuntas se cuidan mucho de encargar misas por su alma en diferentes sedes, haciendo honor a los diferentes santos de la zona, sin descuidar por supuesto a Santa María. Así, junto a San Pedro y Santa María de Mungia, nuestras difuntas también pidieron misas en San Bartolomé de Berreaga, San Martín de Atxuri, San Llorente de Amezaga, Santiago de Laukariz, Santa María Magdalena de Llona y Santa Marina de Larragán. Digamos que la opción preferida era la de diversificar las “inversiones” para “minimizar riesgos” en el más allá.

Y es que la palabra “temor” es la que mejor define el sentimiento que se tenía hacia la muerte, como bien atestigua la repetición de la frase “temiéndome de la muerte” en los cuatro testamentos. Aun así, también se reconoce en todos ellos que la muerte era “cosa natural de la qual ninguna criatura non se puede escusar”. A continuación, hay quien prefiere encomendar su alma a Dios, “que la crio e redemio por su preçiosa sangre”, y hay también quien recuerda que su cuerpo ha de ser depositado bajo tierra, de donde fue formado, lo que nos remite a la frase del Génesis (3, 19)“Polvo eres y en polvo te convertirás”.

Tras este preludio, que constituye sin duda un resumido compendio de teología de la gente llana, o de lo que las instancias oficiales querían transmitir al general de la población, comienzan las disposiciones testamentarias propiamente dichas. Lo primero destacable es la petición de ser enterrados en el interior de las iglesias, en fosas familiares o de nueva construcción. Lo segundo son las donaciones hechas a las iglesias principales (San Pedro y Santa María). Y por último, las misas encargadas por la salvación del alma son un apartado de vital importancia en todo testamento. Estos tres aspectos, lo conocido como las mandas pías, nos acercan al modo de pensar y actuar de la época, una época en la que se tenía entero convencimiento de que las actuaciones en el mundo terrenal podían influir en la salvación o condena del alma, incluso después de la muerte. Por eso, la cercanía a un santo, o estar enterrado en suelo sagrado, podía ser más efectivo que descansar eternamente en cualquier otro lugar. Y las misas por el alma de uno la podían salvar incluso después de que esta haya abandonado el cuerpo. Hay incluso entre nuestras mujeres dos que, no conformándose con las oraciones de los vivos y las de los santos y la Virgen por su alma, procuraron hacer otros gestos de buena fe para ganar puntos en la ascensión al paraíso, como donaciones al hospital de pobres o a huérfanos.

Por tanto, como conclusión, vemos que los mungiarras de principios del siglo XVI, representados por cuatro mujeres de vidas y fortunas desiguales, temían la llegada de la muerte. La veían inevitable, y la sentían cercana o inminente en los momentos de enfermedad. Temían a la muerte porque suponía presentarse  ante un Jesucristo justiciero que tendría en cuenta sus acciones pasadas y futuras a la hora de salvar o condenar su alma. Por ello, toda ayuda era deseable: invocación a la Virgen y los santos, misas en diferentes iglesias y ermitas, enterramiento en los mismos templos, donaciones a iglesias e instituciones caritativas, reafirmación de las creencias de un buen cristiano etc. Nuestra mentalidad tradicional, aunque cada vez esté más diluida por nuevas concepciones, es heredera de la de estas mujeres. La laicización de la sociedad y el contacto con otras culturas ha hecho que aparezca una gran diversidad de modos de enfrentarse al momento final, además de obligar a la reformulación de los esquemas tradicionales. Pero aún hoy seguimos debiendo mucho a la solución ideológica dada por las sociedades tradicionales de la Europa católica, en la que se incluye la mungiarra del siglo XVI, a un fenómeno biológico tan inevitable como la muerte.

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