Munguía o la Luna como guía

LunaComo hemos podido ver en la entrada dedicada a Francisco Bilbao Elorriaga, este misionero fundó una población llamada Munguia durante su estancia en Filipinas, entre 1891 y 1898. Y esta población todavía existe. De hecho, es solamente una de las muchas Munguías que existen en el Mundo, y a las que esperamos algún día poder dedicar una entrada.

La Munguia filipina a la que ahora nos referimos, es una pequeña población (o barangay) situada dentro de la municipalidad de Dupax del Norte, en la provincia de Nueva Vizcaya. Hasta 1963 formó parte de otro barangay (unidad administrativa más pequeña en el ordenamiento territorial filipino), pero en esta fecha logró una entidad propia. Pero lo que no lleva a dedicarle una entrada específica es una curiosa historia que encontramos en la página web del gobierno de Dupax del Norte (http://dupaxdelnorte.gov.ph/munguia/), que intentamos traducir lo más fielmente posible en las siguientes líneas:

Hace muchos años, este lugar estaba cubierto por un espeso bosque, tanto que ni siquiera una sola pareja se atrevía a residir en el lugar. Un Ilongot (pueblo indígena filipino) vino a cazar a este lugar con cinco compañeros de Dupax del Sur o Duma. Estuvieron cuatro días caminando entre los bosques, perdidos, sin ser capaces de encontrar su camino de regreso a casa. 

Cuando estaba anocheciendo, descansaron bajo un gran árbol, pues estaban exhaustos, e inmediatamente se durmieron. El anciano se despertó. Observó que el brillo de la Luna le era familiar, porque del brillo del astro era capaz de identificar los cuatro puntos cardinales. Despertó a sus compañeros y siguieron el rayo de la Luna, que les llevó finalmente camino a casa. Acuñaron el término MON-GUIA de las palabras “Moon guide” (Luna guía). Con el paso del tiempo, Monguia se convirtió en Munguia.

La historia es verdaderamente entrañable, y seguramente sorprenderá al lector. Desde luego no deja de ser asombroso el acierto de saber como Munguia deriva de una forma más arcaica que sería Monguia (nombre hallado en documentación los siglos XV-XVIII). Pero desde luego, el resto de la historia responde más pura imaginación.

Una imaginación que no es caprichosa ni inocente, y que desde luego nos dice mucho de la comunidad que crea y difunde este mito. Seguramente no existirá gran dificultad para encontrar el verdadero origen del nombre en archivos y documentos no tan antiguos, donde se comprobará que fue un dominico habitante de una “Munguía” radicada en Vizcaya el que bautizó al pueblo. Pero  los actuales habitantes del lugar han preferido esta otra etimología legendaria, que remite al pasado indígena de la región, con los que ellos se identifican, queriendo así evitar la referencia al pasado colonial de su población, de una época en la que los españoles y sus misiones religiosas dominaron y organizaron la región.

Esta práctica no es única de los filipinos, ni muchos menos. De hecho, pocas comunidades podrán decir que no han caído en la tentación de inventar etimologías o de imaginar mitos para explicar los nombres de los lugares. Mitos que por supuesto, mostraban un pasado hecho a medida de lo que quería el presente, donde aparecían elementos que daban prestigio y no se nombraban los que se prefería olvidar. Ya lo hicieron los mismos Griegos, y más cerca de nuestro entorno, fue práctica muy difundida entre los apologistas del euskera de los siglos XVIII, XIX y XX, que encontraban en el euskera el origen del nombre de las más insospechadas poblaciones. De hecho, todavía a finales del XX encontramos una curiosa (y poco aceptada) etimología lanzada por Theo Vennemann (lingüísta alemán defensor del euskera como lengua originaria europea), que haría derivar Münich de la palabra “muino”, palabra que al parecer también se encontraría en el origen del nombre de nuestro pueblo, “mune ganean” o Mungia.

Curiosas sin duda las relaciones entre ambas Mungia y sus etimologías. Solo nos queda desear que, como sucede en la leyenda filipina, la Luz de la luna nos permita ver el camino hacia nuestros orígenes de forma sincera y crítica, sin que las sombras de los intereses presentes y anhelos futuros nos hagan perdernos en un frondoso bosque de falsas etimologías y mitos fundacionales.

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